Los zancudos en la selva alta o rupa rupa joden
como “la calor”; en especial, cuando uno viene con ciertas expectativas. Es decir,
cuando se está a la espera del cumplimiento del augurio prometido. Algo así
como buscar la concreción de una idea en un pubis depilado, que se acaricia
largamente en medio de un cuarto caldeado por el sopor de la tarde. Como es
evidente, dicha idea es alimentada por el deseo y éste, a su vez, es devorado por
sus dos hijas bastardas: la calor y la belleza. La suma de ambas produce lo que
los latinos denominaban flama amoris,
pero en esta tierra caliente llamamos arrechura.
sábado, 18 de abril de 2015
miércoles, 6 de agosto de 2014
Amazónica I
Canón del Sonche. Chachapoyas
Para la 'doña'
Inmensas nimbos
y cúmulos son llevadas mansamente por el viento, como lo haría un pastor de elefantes blancos
a través del desierto y su arena candente. El cabello de Jacky, en cambio, se
agita en varias direcciones.
Escuchamos el paso de las nubes sobre los cerros
Estamos en medio de ese brusco vacío que se abre entre las laderas empinadas de dos cerros, que se juntan por un río, un hilo de agua y espuma verdosa, el río Sonche: corriendo, menguado y turbio, hacia el Utcubamba.
miércoles, 26 de marzo de 2014
Segundo chirirachiq: el cirenaico
"El sabio no permite que el deseo lo aliene; antes bien, lo encauza a través del placer, único remedio a la libido"
Michel Onfray
Recuerdo esta expresión bastante usada en la secundaria: anda que te cache un burro o que te cache un burro ciego, o esas otras variaciones que, a través de agregados, le daban mayor tono cómico, verbigracia, que te cache un burro ciego en primavera. La dicción de la frase se daba de un solo tirón, rápidamente, como quien busca dar un correazo, de esos que suenan tanto como duelen. Era una de las tantas formas adolescentes de mandarse a la mierda. La imprecación tuvo un auge que coincidió con mis últimos años de secundaria, a pesar que en otro espacio, la pre, aquella frase era ya remota y poco se usaba. Sin embargo, siempre me pareció un insulto extraño. Entendía que cuando se lo decías a alguien era porque buscabas rebajarlo, convertirlo en un ser tan retorcidamente pasivo que merecía ser sodomizado por un animal, una bestia de carga famosa por sus dimensiones genitales. No sé si la frase, tal cual, se conoce y se usa en otros países. Pero es seguro que debe tener una parecida que exprese la misma idea, como aquella manchega, y casi evangélica, “que te den por el culo". Es evidente que el filo zoofílico es un ángulo más en un conjunto de aristas latentes y nerviosas, que es el mundo violento de chicos repletos de la más pura y desesperada arrechura.
Michel Onfray
Recuerdo esta expresión bastante usada en la secundaria: anda que te cache un burro o que te cache un burro ciego, o esas otras variaciones que, a través de agregados, le daban mayor tono cómico, verbigracia, que te cache un burro ciego en primavera. La dicción de la frase se daba de un solo tirón, rápidamente, como quien busca dar un correazo, de esos que suenan tanto como duelen. Era una de las tantas formas adolescentes de mandarse a la mierda. La imprecación tuvo un auge que coincidió con mis últimos años de secundaria, a pesar que en otro espacio, la pre, aquella frase era ya remota y poco se usaba. Sin embargo, siempre me pareció un insulto extraño. Entendía que cuando se lo decías a alguien era porque buscabas rebajarlo, convertirlo en un ser tan retorcidamente pasivo que merecía ser sodomizado por un animal, una bestia de carga famosa por sus dimensiones genitales. No sé si la frase, tal cual, se conoce y se usa en otros países. Pero es seguro que debe tener una parecida que exprese la misma idea, como aquella manchega, y casi evangélica, “que te den por el culo". Es evidente que el filo zoofílico es un ángulo más en un conjunto de aristas latentes y nerviosas, que es el mundo violento de chicos repletos de la más pura y desesperada arrechura.
Lo que me trae a la memoria al
poeta rusticus, a lo Pound, de la provincia colombiana, la calurosa
Cereté de Córdova: Raúl Gómez Jattin (1945-1997). Poeta excepcional
que, en sus textos, blande su espíritu y su glande, cual príapo elevado y
rotundo. Poseedor de una capacidad de expresión intensa que puede ser tanto
festiva y dolorosa como tierna y socarrona. Diseminado entre los distintos
temas sobre los que discurre con sencillez y maestría (la muerte, la
locura, la familia, la memoria, las drogas, el amor, el deseo, etc.) destaca el
tratamiento de un tópico propio de tierras australes y calientes: el de la
arrechura verraca, una ‘llama de amor’ salvaje que impregna la voz del Raúl adulto al recordar su infancia inflamada por su
precocidad sexual, la misma que se despierta con amiguitas núbiles, primos
adolescentes y, claro, animales.
Guardando las distancias, hay una cierta similitud con la cosmovisión propuesta en la novela Canto de Sirena (1976) de Gregorio Martinez, donde el protagonista, el negro Candico, se nos presenta como el portador de una flama de amor desmesurada, la cual le permite entender el mundo desde un pansexualismo animista donde todo está dominado por el principio de la com-pene-trabilidad, aunque bajo una perspectiva naturalista, pues los elementos que se compenetran son siempre concebidos como macho y hembra. En cambio, para nuestro poeta poco importa el género ya que, literalmente, el objeto del placer lo es todo, animal, humano o, incluso, vegetal, pues de modositos sería desdeñar una buena fruta, como “una mata de plátano” (por estos lares, he escuchado, se opta por la papaya). Es pues Gómez Jattin, al menos en este poema, la esfinge de una arrechura pansexual y desbocada.
Imagen: Raúl Gómez Jattin
sábado, 8 de marzo de 2014
Las Suplicantes de Esquilo
Las danaides son las 41 (menos una) virgo africanas y sanguinarias de la antigüedad clásica. Su estado de gracia era mantener la pureza como ofrenda a la divinidad. De hecho, su padre, Danáo, y ellas se atribuían un origen divinizado. Por ello su pureza no podía ser manchada por la lasciva y negra mano de sus primos, hijos de su tío Egipto[1].
En Las Suplicantes, la tragedia de Esquilo,
hay un diálogo corto pero delicioso. Se da justo después que el rey de Argos,
Pelasgo, previa consulta con su pueblo, les otorgara asilo político. El mismo
es justificado por el carácter sagrado que las identifica, a partir de su indumentaria
y, sobre todo, porque son presentadas por su padre como vírgenes dedicadas al
culto del dios de la hospitalidad: Zeus. Con ello se explicita el rasgo
cultural (religioso) compartido con los argivos, dejando en claro que las
tebanas podrán ser forasteras pero de ningún modo incivilizadas o bárbaras. El
asilo las beneficiaba con el mandato ciudadano de ser protegidas ante cualquier
amenaza o reparadas, por vía bélica, frente a cualquier afrenta. Es decir se
les otorgaba el estatuto de ciudadanas de Argos.
Cuando los 41
hijos de Egipto, persiguiéndolas, tocan costas argivas, enteradas las danaides desatan lamentos e
invocaciones, desesperadas frente al nefasto destino que les aguarda no solo a
ellas sino al pueblo de Argos. En medio de ese anticlímax por la inminente tragedia,
las sirvientas rematan la intensidad de la escena con una observación azas de
patética, por amoral y blasfema: el hecho de ser sometidas a un himeneo contra
su voluntad quizás no sea tan terrible, les sugieren audazmente a las alarmadas
vírgenes. Oculto en el lado oscuro de su ‘buena’ intención, la
inclinación al placer sexual de las sirvientas es contundente, despertando en
las vírgenes tebanas, a pesar de su aflicción, su reciente condición de dueñas con
servidumbre. De ahí que para ubicarlas en la respectiva jerarquía las
interpelan con la siguiente pregunta:
-
¿Con qué objeto os permitís
hablar así?
No obstante su estado de subordinación, las
sirvientas argivas responden con una omisión luminosa, señalando así su osada
inclinación por el goce terrenal, en una suerte de manifestación cínica[2]
frente a la autoridad. Replican:
-
Para apartar vuestra curiosidad
de las cosas divinas.
[1] El lector debe recordar que las danaides descienden de Ío, ninfa
que, a pesar de su negativa de entregarse a Zeus, es castigada por Hera. La
celosa diosa la adorna con dos cuernos de vaca y no contenta con eso, además,
la entrega en custodia al guardián de cien ojos, Argos. Después de la muerte de
éste a manos de Hermes, le envía el
insufrible tábano, metáfora del aguijón del desasosiego, con objeto que la persiga y atormente hasta
la locura. Presa de ese sufrimiento personalizado, Ío huye o, será mejor decir,
deambula, posesa de acedía y fuera de sí,
llegando hasta las orillas del Nilo. Allí, Zeus se compadece y la libera
del tábano posando su mano sobre ella, con lo cual la embaraza. Las danaides son su descendencia.
[2] Hablamos, por su puesto, del cinismo histórico. No de lo que se
entiende hoy en día por cinismo y que tiene como mayor exponente adhoc la
figura del político público. La escena bien podría formar parte de las anécdotas
corrosivas de esa antigua escuela helénica.
sábado, 15 de febrero de 2014
Chirirachiq
Francis Bacon, Autorretrato, 1971.
LHC tenía en su vida algo que era un diamante: su alma, la cual algunos se dedican a opacar; otros, a pulir. Una vida desperdiciada como una fruta madura que se mosquea al humo de sus patillas. Una vida elevada por el humo de sus ojos, especialmente achinados, por efecto de la behetría. En todo caso, LHC tenía una vida para desbaratar a su antojo, como quien arma para desarmar, luego, un rompecabezas, talento que prodigaba, sin ton ni son, tanto belleza como ternura. Su vida informe fue hecha para no dejarse moldear por la solemnidad, dizque, de la rancia adultez. Qué si no sus aventuras estupefacientes. Qué si no sus odas al aserrín, a las esquinas que doblan corazones solitarios. Un solitario de neón empeñado en pasar el tiempo, pasa a ser el tiempo. Pero la figura del Chirirachiq es diferente, quizá más vanguardista, pues, éste pretende desperdiciar lo que no tiene. Sin un solo talento, ni una vida luminosa que opacar, ni vida opaca que iluminar. Sólo una vidita apenas, que le fue dada, quizás por error, quizás por horror. Como sea, el chirirachiq está empeñado en amar sólo lo que puede traicionar. Nada de lo que lo rodea permanece. Primer avistamiento: el chirirachiq tiene élitros de mostacho. Vuela lanzando flores de ceniza y pavitas encendidas para compartir la desesperación. Con dedos delicados toca teclados taiwaneses en las sonrisas de menta y neón de las enfermeras turquesas. No existen líricas ilusiones en su piel sino un día de playa inyectando carpas onanistas, lógicamente, alzadas bajo el verano y sus noches de topacio reventando veredas con movimientos ligeros.
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